miércoles, 7 de diciembre de 2016



Ucronía agónica.

Me doblo para ajustarme las sandalias, primero las sandalias, luego el resto de la ropa, pienso; ya es tarde para la fiesta, al incorporarme veo la cicatriz, una de ellas. La veo, digo, pero no es completamente sincero, veo el reflejo en el espejo.
Tendría 12 años ahora, la edad en que cambié de casa la primera vez, ojos miel posiblemente, nariz pequeña y muchas pecas, piel, no sé qué color de piel, cabello lacio, supongo; castaño si dominaban mis genes, negro si los suyos, no sé cómo le habríamos llamado, por ahora no lo llamo, cuando pienso en quien no llegó a ser se dibuja una palabra en mi cabeza y simultáneamente se oye mi voz como alter ego, diciéndola bajito, no mi voz del todo, el recuerdo de mi voz, el recuerdo de mi voz de hace 12 años.
Pensé que tendrías ojos miel, no lo pensé mucho, tampoco, no sé si abriste los ojos alguna vez, por eso los nombro en ausencia de una imagen tuya, ah, te estoy hablando de nuevo, como si hubieras oído antes  mi voz, como si hubieran existido mis palabras para ti.
Todas las posibilidades enterradas y deslizadas al este de este intento de ciudad, todas esas posibilidades se habrán ido, en una volqueta, en dos; los huesos, como migajas de existencia se habrán desperdigado, de ti: una ramita de hierba, unos terroncitos, como una semilla infértil te habrás entregado hace tanto a la tierra, como una pequeña nuez, una nuez con un par de ojitos de miel, los ojitos cerrados, no te habrás asustado, dime que no, que ya te habías hecho invisible, que no te asustó la luz que nunca antes viste.
Así invisible, como siempre has sido para mí, habrás viajado, te habrás dejado ir, habrás abrazado otras vidas, otros huesos, otras semillas dormidas, de otros tiempos y de otras profundidades.
Tú, apenas cubierto, casi en la superficie, la hierba salvaje habrá sido tu mantita, habrás jugado enredándote tal vez, entre las raíces de pasto salvaje, fresco y acariciado por las lluvias de diciembre habrás dormido alguna noche, todas habrán sido noches; en junio, el sol habrá rendido a la hierba, debiste extrañar las lágrimas que la tierra entibiaba para tí, habrás compadecido las que cubrían a tus vecinos; perfumado de polvo de flores ajenas,  floreciendo tal vez en un arbustito de tarhui; le habrás dado antes de irte, tus manitos a una flor violeta, habrán volado tus sueños de nuez en las semillas de un diente de león, tus pestañas habrán sido una retama abriéndose. Algún insecto te habrá hecho cosquillas, en tus deditos de flor alguna mariposa habrá hecho su capullo, sobre tu manta de chi’iji habrán saltado parejas de pajaritos color saquillo, buscando semillitas, te habrán hecho cosquillas con sus patitas, habrás querido reír o alzar tus manitas.
Yo te hubiera cantado, para dormir, un viejo rock n roll, una fantasía de jovencita snob, ha sido mejor así, la tierra con su vientre infinito te ha debido bastar para renacer en otras vidas, en otros sueños, cansado de jugar bajo la manta te habrás entregado, la tierra te ha debido abrazar y sumergir en sí para que puedas abrir los ojos, en forma de vainita de tarhui, en forma de manzanilla, para dormir te habrá cantado primero en aymara, luego en quechua, un canto mineral, un canto acuoso, un canto que conocen los insectos, se habrá mecido para ti la tierra, te habrá susurrado, siseado, silbado, rugido, te habrá mostrado el bailecito del viento que amenazaba llevarse su mantita. Sumergido, dormido, la tierra te habrá llorado feliz y triste, sobria y borracha,  en esas lágrimas te habrás evaporado un poco, te habrás hecho clorofila y habrás subido a volverte un trébol, una quirquiña. O habrá subido tu humedad sólo a llover, a elevarse para sentir la ciudad que nunca viste, la ciudad que desde abajo, desde las rocas te ha llamado a ser ella misma.

Te habrá dejado ser otras vidas la tierra…te habrá dejado ser su piel, sus ejércitos diminutos, sus sacudones destructivos, o te habrá elevado hecho musgo. No has debido asustarte cuando tembló todo, no has debido estar siquiera en esa tierra, no te ha debido asustar el lento deslizarse de las vidas urbanas, de sus techos y de sus ladrillos, del asfalto agrietado, bajo las lápidas no han debido haber más que nuestras culpas queriendo abrazar  huesos ausentes, las memorias interrumpidas y las carnes dormidas, hechas polvo, humedad, hormigas ya debieron revivir lejos, las mil vidas de ustedes.
Miro la ventana, y ya no estás, te habrás hundido, habrás volado. No debiste extrañar las flores que no llevé ni las coronas de plástico que no puse sobre la tierra movida, no cruz, no lápida, no fechas, no tienes fecha, ni nombre pronunciado, ni un parpadeo para mí.
Te habrá absorbido al tierra y hecho riachuelo, te habrá abrazado en un espasmo y te habrá llevado al fondo, te habrá diseminado y hecho infinito.
Se ha hecho tarde, y me quito las sandalias, me alisto para dormir, con más entusiasmo que para la fiesta, mando un mensaje, ignoro unas llamadas, repito disculpas, sonrío, lagrimeo, me seco la cara con la manga de la bata, miro la ventana, vuela una bolsa, toda la ciudad resplandece en puntos, no hay noche aquí como tus noches, tus noches que lo contenías todo, hasta tus ganas de luz.
No te has debido asustar.

domingo, 14 de junio de 2015

La persistencia de la (mala) memoria. Grecia baila con traje de morenada.




 La reciente polémica sobre una incipiente nueva arquitectura andina (sobre la que no expresaré opinión en esta ocasión) me llevó a divagar por muchos temas construyendo un entramado bizarro en mi cabeza, entre los temas que vinieron a mi mente se coló un recuerdo de los años de la universidad. Preparando la clase sobre arquitectura griega y romana me topé en la red con reconstrucciones contemporáneas que mostraban edificios y esculturas profusamente ornamentados y coloreados en azul, ocre, rojo intenso e incluso aplicaciones de oro; de inicio me pareció un ejercicio de re-interpretación interesante pero un tanto exagerado, avanzando la lectura descubrí que no era una hipótesis si no una certeza arqueológicamente sustentada: los griegos y los romanos amaban el color en sus edificios y esculturas, la presentación de esta información en clase supuso cierta sorpresa en el docente y el descubrimiento de la historiografía como ciencia en desarrollo constante, por parte de los estudiantes.

El capítulo bastante posterior, sXVIII, sobre el neoclasicismo les significó (a los estudiantes) la posibilidad de afirmar que toda una corriente arquitectónica y varios siglos marcados por este estilo hasta hoy, llevaban el sello de la falsedad, sólo  ligeramente intencionada si se quiere, pero parte de los cánones, de sobriedad, pureza y blancura que tanto se alabaron y se alaban, como parte de la arquitectura clásica, no eran si no las ruinas de un colorido pasado, diremos entonces que parte del neoclásico se fundó sobre vestigios, un esqueleto.
El resto fue voluntad y fantasía, la construcción simbólica del arte clásico se tradujo entendiéndolo como una sofisticada aplicación de la lógica, el interés centrado en el material y la funcionalidad; por lo tanto libre de ornamentos, una manifestación de la rigurosidad de una mente racional y educada. Esta valoración positiva de la austeridad ornamental, de la monocromía y el desprecio por lo decorativo nos persiguieron y fueron parte de los principios de la modernidad.

Algo parecido podría sucedernos si conociéramos el aspecto original de las piezas de Tiahuanaco en las que aún hoy se aprecian las hendiduras en las que iban sujetas aplicaciones de oro, la sola popularización de estas hipótesis en forma de imágenes podría significar el cambio de una gran parte del imaginario sobre esta cultura que queremos entender como solemne y austera.

La conclusión lúdica de todo esto será que con su avezado uso del color y afición al ornamento, la nueva arquitectura andina, tan popular en El Alto, se aproxima más a los cánones de belleza clásica que por ejemplo la mayoría de los edificios ícono de la modernidad, pero no, no todo es jugar con los prejuicios y legitimarnos por similitud con el otro.

La invitación que nos plantea esta historia (siempre hay varias) es la  de sospechar que el pasado y los cánones que tenemos como ciertos no sólo pueden cambiar con el tiempo, sino que nuestra mirada, nublada por el polvo de los siglos, puede nunca haber comprendido, que de toda realidad conocemos apenas pistas y que una gran parte la hace la voluntad y la fantasía, y esta certeza que permite existir a la historiografía  es la misma que sustenta la construcción de todo el conocimiento, develar una imprecisión entre los cánones de la belleza clásica no hará caer todos los edificios neoclásicos, se seguirán sosteniendo en la tradición y en sus proporciones, también inspiradas en los clásicos, que nos seguirán resultando armónicas y agradables, surgirá eso sí, cierta sonrisa cuando alguien nos diga que imitan a los griegos.

Planteada la sospecha inicial, nos atacarán otras, si los símbolos de cada cultura no sólo se construyen como manifestación de cierta esencia del grupo que la conforma, si no también como signos de diferenciación frente a otras, ¿no pueden ser las pretendidas blancura y racionalidad propuestas como propias de lo más elevado de la humanidad, sólo la canalización de una voluntad de diferenciación frente a manifestaciones artísticas de los otros, tan pintorescos, populares e inclinados a la voluptuosidad ellos, ya sean el rococó francés tan de moda por entonces o las fachadas del populacho con plata? La pregunta es larga pero la reflexión no tanto, me imagino que estas sospechas, que son posibilidades de análisis, quedan cortas frente a las que a usted se le habrán planteado, dude y luego diviértase especulando, que no se quede este ejercicio como atribución exclusiva de los historiadores y teóricos.


 Un fragmento encantador sobre el tema, el que nos ofrece Richard Weston en su libro Materiales, forma y arquitectura:



(...)
Al redescubrimiento y estudio de la arquitectura griega a finales del siglo XVII, que fue un importante catalizador para el movimiento neoclásico, siguieron varias corrientes nuevas (a principios del XIX) de investigación arqueológica por parte de eruditos británicos, franceses y alemanes. Sus hallazgos iban a sacudir las bases de la estética neoclásica. En 1815, Quatremere de Quincy sembró la polémica en toda Europa al publicar un libro con las reconstrucciones de las estatuas colosales perdidas de Zeus y Atenea, obra de Fidias. Coloreadas y con incrustaciones de oro y marfil, difícilmente podrían estar más lejos del amado blanco de Winckelmann. Posteriores trabajos de campo ofrecieron pruebas irrefutables de que, lejos de ser modelos de blancura, los templos griegos mostraban huellas claras de color aplicado, confirmando así las sugerencias halladas en los textos clásicos conservados (que habían sido convenientemente ignorados o explicados someramente con referencias que sólo aludían a pequeños detalles, no a superficies enteras).


Después de las excavaciones realizadas en Selinus, Sicilia, Jacques-Ignace Hittorff (arquitecto alemán afincado en París) realizó dibujos basados en conjeturas de una reconstrucción de un pequeño templo polícromo. Y provocó a su vez una enorme controversia que llegó a un punto de tal acritud que acabó siendo conocida como “la guerra polícroma”.[1]Un siglo más tarde Frank Lloyd Wright  todavía denunciaba que “los griegos abusaron vergonzosamente de la piedra, no entendían su naturaleza en absoluto, excepto como algo para ser pintado o dorado hasta quedar irreconocible”.[2] En cambio, para Ruskin y su amor por el color, era lamentable que los “templos cuyo azur y púrpura brillaron una vez sobre los promontorios griegos” hoy “presenten una blancura apagada, como nieve que el amanecer ha enfriado”.[3]


Las sucesivas generaciones  de estudiantes de Bellas Artes ofrecieron muestras cada vez más intensas (y, todo hay que decirlo, más inverosímiles) del mundo antiguo repentinamente colorido. Todo esto habría quedado restringido al interés exclusivamente académico de no ser por el hecho de que el tema del color dio en el blanco de una crisis en ciernes de la arquitectura europea (que bien puede resumirse, aunque de un modo simplista, como la división entre aquellos para quienes la arquitectura siguió siendo principalmente una cuestión de estilo y “diseño” y la nueva “raza” de funcionalistas que la consideraban como el arte racional de la construcción, y que necesitaba encontrar nuevas formas para materiales nuevos).
 (...)


Una de las reconstrucciones hipotéticas de Hittorff


 Para darle un vistazo a otros gráficos del libro de Hittorff clic aquí
 Más ejemplos de policromía en Grecia y Roma por aquí 

***


Así las certezas de la historiografía se derriten ante nueva evidencia, pero no sus consecuencias. Cuando le pregunten de nuevo porqué le disgusta esta nueva arquitectura andina, tal vez tenga que pensárselo mejor, mirar su casa, la casa del vecino (copiada de un catálogo gringo pasado de moda),  imaginar la casa de sus sueños y construir un argumento que no esté sustentado en ruinas. 

*** 

La posición de Semper, quien de inicio se adscribiría al criterio de los funcionalistas, para luego defender el color y el ornamento como elementos constitutivos de la arquitectura, son parte de los párrafos siguientes que no transcribo en este post y que espero compartir en otro.


[1] Para la “guerra polícroma” véase David van Zanten , The Architectural Polychromy of te 1830s (Nueva York, Garland Publishing, 1977)
[2] Frank Lloyd Wright, op. cit., pág. 174.
[3] John Ruskin, las siete lámparas…,cap. II, XVIII.

lunes, 18 de mayo de 2015

Ando tirando mierda y besos.



Ando sembrando mies y versos
Presumo.
Ando tirando ropa y carne
Evoco.

Anduve, anduviste,
Andamios ad amantium.
No te doy el corazón,
Traficas, plantas.

Resbalo en un lugar sin nombre,
Respondes.

Sámaras indehiscentes
Arce, abedul, olmo, abeto.
¿qué siembras?
Anduve un bosque.

Pongo el corazón, debí poner la lengua,
Rectifico,
Deslizo la lengua donde escondo el pulso
Escapo.

Estrujas, abres la carne,
Sacudes.
Siembras. ¿Siembras?
Siembra el aire, siembra la luz.


La luna tropieza, se cae el sol
el viento, una voz
me siembras palabras que vuelan

anemócora.

viernes, 8 de mayo de 2015

Arquería.

Cuando por el gran deseo
Soltó la seda de sus caderas,
El fulgor de las joyas de su cinto
Formó una tela transparente.
En vano el amante miró.
En vano se avergonzó ella.
En vano tiró él de la tela
Y ella en vano se cubrió.*


Arcadas no, arquerías, tres arcos de medio punto en una tele empolvada. 

Las escaleras te llevan  de una ciudad a otra, en el descanso: a otro continente, el ojo musical refleja la galaxia en sus iris. 


***
Subía agitada la pasarela, bajaba empolvada, con la ciudad encima.

***

La ventana electrónica brillaba, traía el sol,  naranja que vestía las piedras.
Tres arcos, cuatro columnas, perfectas, pulidas, inmóviles. En medio algo se agitaba: ¿una columna, o dos? 
Bajo el arco central una columna se tejía ¿salomónica?, bailaba con la luz, giraba sobre sí, el capitel se mecía, se inclinaba bajo la clave, redibujaba la curva.

¿Es una columna, o magma hirviente? entre los arcos la columna se balancea,  sostiene apenas  mi mirada.
El magma se desliza lento, de la clave al fuste, destella fuego, refleja bronce, simula oro fundido, se ondula, derrite, en medio...un borbollón, dos, algo pulsa en su interior, un sitar y un bansuri acompañan su cadencia.

No eres de piedra, ni de magma ardiente, Sansón herético, brazos ondeantes.No vas a derrumbarlo todo y no yacerás bajo el templo.Ya seremos.

Invocas a los dioses o eres uno.

Dos serpientes se entrelazan: tus piernas, no era salomónica la columna, no, sueño de un lago en Bombay.

La organza roza la cadera y tu torso se entrega a la luz, eres una columna, una mirada de fuego, un vientre de lava, lava que se derrite y cae, magma que hierve y salta, en el medio se integran y una gota: tal vez tu ombligo, engarza la columna, que completa, se ondula y vibra más violenta.


***
Yo, polvo encima, cielo sin naranja, qué puedo saber de lavas que bailan.
Me reclino apenas, o pendulo, con los bronces. 
Yo, carnaval frío; mojado, fiesta y granizo.
Vuelvo los ojos, ciudad abajo, columna mental, sostén de la nada.
Quédate donde perteneces.
                                                                       ***  

Tú, veintidós lenguas,cascabel, subcontinente.
Halo de canela, ciclón, cadena, monzón.  
Ojos de sol,
Yo tonta.
Barbilla baja y labios separados, 
yo montaña, apenas te intuyo.
             


El paraíso es una sala hipóstila, o en su defecto una curva lumbar.


*Poesía erótica sánscrita
http://aleph.academica.mx/jspui/bitstream/56789/31570/1/24-080-1989-0469.pdf

Très bien.

Hay una obstinada obsesión, mi vientre.

No por la suavidad, no por  la lánguida curva que ha ganado con los años, no.
Están las posibilidades, las semillas que no se han cultivando, la simiente que no ha dado frutos, los frutos que no han visto la luz.

La mirada, las ansias, el empujón extático, el suspiro.

Que más puedo pedirle, el soporte al bisturí, la contracción del placer, la cicatriz, la resiliencia, el cosquilleo, la tormenta.

Tres nombres y tres cavidades, tres tiempos, tres horas.

Obstinado ósculo.






Nueve

Uno de nueve

Te entregabas a la cumbia por entonces, más por renegado que por tener el ritmo en el cuerpo, te devolvimos al funk donde pertenecías, te vimos moverte como pez en el aceite con los huayños peruanos.

Todo parecía un viaje, un trip extremo, siempre acelerado, siempre dramático. Te sacudimos en las gradas buscando una emoción, te sacudieron después los celos; las palabras, verdes y burbujeantes salieron destrozándote la boca. Te tomó tiempo regenerar el par de pétalos que tenías por labios, mientras sucedía, se agitaban al sol otros gérmenes buscando emerger y abrirse en tu piel. Le dimos humedad al sembradío.

San Pedro, Landaeta, Plaza El Cóndor, si las calles hablaran dirían no me asfaltes, poco les importamos nosotros, inmersos como estuvimos en el simulacro del amor.

Nueve de nueve


El rock n roll, inicio y fin, nos unía una cinta de cassette, un compilado Liverpool, una rareza de La Máquina, unas  notas robadas en Sucre.

Nos separaban las cosas que no dije en 10 años y las que no hiciste en ese mismo tiempo, el mundo se entendía apenas como una discreta banda sonora, flotamos entre esferas de gelatina y queso, la realidad que todo lo derrite nos puso a caminar sobre agua hirviente.

Ir y venir(se), caminar y encontrar(se), no había fin, y no lo hubo, no fue amor porque faltó el manual, no fue boda porque no concebí el futuro.

Centro y Villa, umbral y ventana, todos los rincones, todas las contorsiones, todo lo recorrimos, pero el mundo no es tan grande y se agota, la cinta se rompe, el sonido se opaca.
Cuando me extraño a mí misma te canto, pero la banda sonora de la vida hoy es más fuerte, no hay manera de rebobinar.

Seis de nueve


Sonreías como un  animalillo en la oscuridad, un cascabeleo ronco con eco de caverna. Me atemorizaban tus ojos de largas sombras, tu piel gris,  mate y tibia. Siempre vibrabas.

Te conmovía la cruz y te sacudía una historia rocambolesca de genes y arcones familiares, te perseguían la muerte y la vida que acababas de dar. Un arpón escapado de entre mis costillas o una flecha nacida en mi dedo meñique nos habían puesto tan cerca.

La atmósfera nacía entre tus dientes, siempre cálida oscura y envolvente, siempre tan lluvioso tú, siempre tan brumoso.

Movías las piedras al mirarlas, moldeabas el acero. La barbilla afilada y la barba suave, cierto aire de guerrero moro, las puntas de tus dedos, esferas, proyectiles, me sacudías  como a las piedras.
Te di un beso en el foyer del cine, fuimos el film.
Corrimos cuesta arriba, contamos las luces, unimos las gotas de rocío, bebimos la niebla, esperaste.
Esperé, una ráfaga antimotines me paralizó la cintura. Los guijarros bajo nuestra sombra intentaban una canción vieja,  la repetían con esfuerzo, nos congelamos  frente a un abismo de luces, a tus pies la vorágine; a tus cabellos, la escarcha.

Susurraste un bolero a medianoche, abrí los ojos y las sombras largas fueron mías. Me eché a correr.

martes, 12 de agosto de 2014

La casa de Abilio y la torre de Hans

Carlos Villagómez
La Paz tiene futuro en la creatividad de sus individualidades más que en sus colectividades. las instituciones y los grupos fracasaron en el proyecto de edificar una  ciudad y acorde al excepcional sitio natural que la cobija, el mamotreto urbano construido por acciones colectivas, municipales o estatales, así lo confirma. Por ello creo más en los proyectos personales como los que paso a relatar.

Abilio construyó su casa en esta ciudad. Esto no tendría nada de extraordinario si no conocemos el maravilloso lugar por el concebido y edificado. Al borde del río Choqueyapu (río de muladares y cloacas) construyó una casa de madera toda ella: de madera sus pisos, sus paredes, sus muebles, sus objetos y hasta de madera su jabonera en el baño. Con cuanto amor Abilio trabajó, detalló y ensambló la madera para edificar una joya residencial, perdida a orillas de ese río cloaca. Por si esto fuera poco, rodea a la casa un jardín con florales, árboles y patos en un ambiente bucólico en pleno centro paceño. La experiencia de recorrer la casa de Abilio es única, enaltecedora y reconfortante en medio de nuestra basura edificada. Una parte que es una pequeña cabaña a la manera simbólica de Laugier, se desarrolla en la altura del predio y ahí quizás esté el espíritu que cuida la obra; desde ahí se observa el vergel que año a año sigue creciendo y reverdeciendo el sitio. Más abajo ya en un alarde más innovador ha desarrollado un nuevo volumen que no desdice el conjunto en general, más bien lo acompaña, lo sigue  en es el juego sutil de las obras que parecen emerger del sitio, aquellas que sientes íntimamente que siempre han estado ahí, de una manera natural y simple. No es fácil llegar a tal resultado, se requiere ser Abilio, un ser con una mística y una pasión por las cosas bellas, por las cosas simples y trascendentales, por esas pequeñas cosas alas que rindió tributo Serrat y que solo son capaces de realizar los espíritus elevados, aquellos que son, parece, tan escasos en nuestra ciudad.

Hans construyó una torre. También esta experiencia no sería extraordinaria si no nos imaginamos que la torre es una versión urbana de una capilla altiplánica y fue llevada a cabo con una voluntad también mística, de salvaguarda ecológica y rindiendo homenaje a un gran amigo asesinado por los regímenes de facto. La torre es, quizás por ello, el puesto de avanzada de un combate desigual que enfrenta Hans contra una institución policial dispuesta a arrasar y lotear un área verde, según los planes municipales, en la que Hans plató con un desmedido amor por la naturaleza paceña, centenares de árboles de diferentes especies. Con una voluntad férrea, en un trabajo familiar encomiable, Hans plantó, uno a uno sus queridos árboles, los regó y los dotó de un imaginativo sistema de riego que surca la caprichosa formación gredosa de Següencoma. El día que las fuerzas siniestras del uso del suelo “mercanchifle” decidieron avanzar sobre este precario bosque. Hans interpuso la torre de adobe, simbólica y llena de reminiscencias, que repica sus campanas ante cualquier avance depredador sobre los árboles. Recorriendo el bosque no podemos entender hasta dónde puede llegar la estupidez, la ignorancia y el desamor por esta tierra; no podemos comprender el desamor de aquellos que quieren reemplazar un árbol por una horrible pila de ladrillos de seis huecos que dice ser su casa; un mal reemplazo, de naturaleza por construcción, que sale también de un acabeza de seis huecos.

Abilio y Hans son muestras vivas de un amor a la tierra paceña, un amor que les será correspondido por la madre tierra en el momento mágico del retorno.

jueves, 7 de agosto de 2014

La noche de las cráneos rojos, (habíamos decidido no morir).

Cierro la puerta de casa e invariablemente mi mamá sale por la ventana del primer piso y lanza un algo imaginario hacia mí, yo le sonrío siempre y me voy con cuidado de no resbalar en la esquina pulida inacertadamente en un barrio que es casi un resbalín. Sonrío porque mi mamá me lanza un rayo protector, una onda metafísica que no logro entender del todo pero que se traduce en una acción que logro comprender dolorosamente y es la incertidumbre.

Sonrío porque pienso que muy cerca de allí una piedra manzana me abrió la rodilla cuando caí en la calzada. Había salido sonriente, feliz, pero con algo de retraso, caí, como otras veces, pero no caí como las otras veces porque esta vez teñí de rojo el empedrado. Tras caer y caer uno tiene cierta maña, cae con gracia y se levanta triunfante, esta vez no. Doce puntos, drenaje, hospital, rabieta.
Muletas, pastillas,radiografía.Idas y venidas al hospital, aguja, hilo, y médicos de manos frías, caras de urgencia, caras cortadas, piernas cercenadas, suicidas, alcohólicos.
Emergencias que se atienden en dos horas. Consuela el paseo en silla de ruedas, rodé y rodé por jardines y pasillos.

Sonrío frente a la buena fe de mi mamá, porque ridícula como soy siempre pienso en qué irónico sería darme vuelta para recibir el rayo violeta, resbalar en la esquina, partirme la cabeza.

Sonrío porque me abrí la rodilla antes del rayo, y no he vuelto a ver una asalto desde su aparición, no me han robado, no he tenido que huir  de un taxista sospechoso, no me he roto nada y casi siempre he tenido dinero para el taxi a casa y cuando no, he tenido quien me lleve , no he vuelto a dormirme en el minibús y que me lleve de ida y vuelta, no he vuelto a verte con la cara hinchada ni he limpiado tus  heridas sangrantes desde entonces, no te he visto en emergencias desnudo y entubado al amanecer, con los ojos muy abiertos sin entender nada, acusado de suicida y llamdo rata: sangrando, no te has perdido un par de días, no has deambulado esa sonrisa triste por la ciudad de mañana, ni he dejado el trabajo para buscarte y escucharte cantar ritmos del sur. No hemos pasado juntos otro agosto de viento, lágrimas y sábanas revueltas, estoy protegida. (?)

Siempre he creído que mi buen juicio me protege, pero más que otra cosa creo que mi buen juicio protege a la gente al rededor de preocupaciones innecesarias.

He querido creer que inculcarte buen juicio puede protegerte pero es sólo buena fe, como el rayo violeta pero vestido de racionalidad, mi atuendo favorito para afrontar el sinsentido de la vida.

Sonrío porque quisiera decirte no pasa nada, o pasa todo, como el viento. Pero no se puede.
Le sonrío a mamá porque salvando las distancias quiero creer que la entiendo. Entiendo que no se puede cuidar los cráneos de todos, con suerte el propio, que algunos se romperán y otros dejarán de tener algo que proteger dentro en algún momento, que las mentes que acogen se confundirán y se sentirán perdidas en un punto o en muchos puntos. Muchos puntos se coserán sobre las pieles y muchos otros se pondrán al final de las cartas, las cartas estarán echadas, como tú en la camilla del hospital, como yo llenando crucigramas sin poder dormir, como ella sangrando inconsciente, las cartas estarán echadas, como la suerte, a veces sin conciencia. Mientras, alguien ordena que corten la cabeza de éste o de áquel.

No hay rayo que todo lo cubra excepto la incertidumbre, no hay rayo que detenga el tubo, el puño, el puntapié, la piedra, el misil o la quijada de burro, siendo optimista, cosa que no soy, el rayo nos reconfortará ante la impotencia.

Mi airecillo suicida podría hacerme parecer mas vulnerable, tu aliento de ron y singani podría hacerte parecer lo mismo, pero al final será igual, en algún punto, el punto que une las pieles inconexas y aproxima nuestra carne cerrando heridas, saltaremos de nuevo hacia la vida, mientras podamos.

Alguna frase diré, por no quedarme sin decir nada, te diré que te cuides, diré que me cuidaré, pasaré el día dormida y la noche mirando destellos en la copa con forma de cráneo, limpiaré la mesita de luz, te escribiré y me responderás... frases largas muy largas, me recordarás mi frase favorita, una de los cuatro absolutos: Un día a la vez, dirás, hundía a la vez, jugaré. Este día decidamos no morir, esta noche no muramos.





Mientras escribía esto pensaba en un remix de cumbia y en un cuento de Alejo Carpentier hecho canción: Marcha atrás.